Victoria regaba siempre plantas y flores, y disfrutaba de las mañanas luminosas hasta que descubrió las plantas y flores de su vecina. Como siempre, las plantas y flores de su vecina le parecieron mucho más lindas que las de su jardín, y se enfermaba de envidia hasta depositar en la basura toda la colección de productos químicos, fertilizantes y abonos con los que intentaba mejorar las suyas y poder así superar a su rival.
Volvió a hojear cada revista, cada libro de jardinería, buscando el consejo mágico que le permitiera embellecer sus plantas y flores, pero no hubo caso.
Las de su vecina seguirían siendo mejores que las suyas, indefectiblemente. Y todo hacía pensar que nada cambiaría.
Hasta que tuvo una idea tan brillante y simple que se insultó en voz alta por no habérsele ocurrido antes. Lo único que tenía que hacer era robar unos brotes del jardín vecino.
A eso de las tres de la mañana salió, cuchillito en mano, con el sigilo necesario para no despertar a su marido e hijos. Cuando llegó a la cerca que separaba ambos jardines, sorprendió a su vecina que, cuchillito en mano, llegaba a robarle unos brotes a ella.
Las dos se enfrentaron rojas de vergüenza, se sonrieron con no más falsedad de la necesaria, y volvieron a sus camas pensando “yo sabía que mis plantas y flores eran más lindas que las de ella”.
Hace 3 años.
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